martes, 27 de septiembre de 2011

LOS MAESTROS DEL FÚTBOL

Para todos los Cantareros del mundo.


En la bella ciudad de Puerto Cortés tuve la fortuna de conocer a un buen hombre. Su mayor virtud; la sencillez. Su mayor talento; descubrir jugadores. Su nombre; único. Hermelindo Cantarero.

Cuando nos presentó Roque Raúl Alfaro, él con humildad me dijo: “mucho gusto, maestro”. Mi respuesta fue muy sincera: “muchas gracias, pero el maestro es usted”.

El trabajo formativo hecho por el entrenador de las divisiones menores de un equipo profesional, de un club aficionado o de una escuela cualquiera o de un “buscador de talentos”, siempre es mirado peyorativamente, eso si acaso es mirado.

La importancia que tiene la fundamentación de las figuras del futuro no se ve recompensada en reconocimiento y mucho menos en el aspecto económico. La verdad es que no se valoran las virtudes que debe poseer un verdadero educador para cumplir con ese apostolado.

Este es el por qué de estas líneas:

·         Un buen entrenador de divisiones menores es abierto, ayuda a los niños a crear expectativas reales y recompensa no solo el resultado sino también el esfuerzo.
·         Sabe reaccionar adecuadamente ante los errores de sus jugadores, da ánimos, corrige, no sanciona irracionalmente.
·         Sabe mantener el orden y la disciplina en el grupo de entrenamiento, establece reglas y crea el clima adecuado  para su cumplimiento.
·         Permite a los niños que se expliquen, es consciente e imparcial, paciente y jamás utiliza correctivos físicos.
·         Anima el esfuerzo y crea una atmósfera positiva.
·         Es claro y conciso en las explicaciones, y a través de la demostración puede enseñar la técnica correcta.
·         Se gana el respeto de sus jugadores. Es un profesional competente, conoce la materia y se entusiasma por enseñarla.
·         Sus jugadores son importantes como individuos.
·         Sensibiliza a los jugadores para que entiendan que su trabajo debe ser suyo y no de los padres.
·         Conoce en detalle la capacidad para aprender que tienen sus jugadores, en especial, la posibilidad de asimilar las técnicas deportivas.
·         Sabe que los niños son personas que quieren aprender a jugar fútbol, pero que, ante todo, son niños.
·         Mantiene un control minucioso de lo que pasa en cada entrenamiento y renueva en los alumnos el compromiso con las prácticas.
·         Tiene claridad acerca de la enseñanza como un acto comunicativo y transmite las informaciones por el medio ideal, en el momento oportuno y con el lenguaje apropiado.
·         Es flexible en su metodología de enseñanza, entendiendo que no hay un solo modelo.
·         Sabe que es necesaria una pedagogía especial, ya que no es lo mismo enseñarles a los adultos que a los niños.
·         Sabe que las carencias en las enseñanzas de esta fase –la mejor edad del aprendizaje motor- difícilmente pueden recuperarse más tarde, en especial, con los fundamentos técnicos.
·         Y lo más importante: es un líder que enseña con el ejemplo.

Lógicamente, así como admiro a estos apóstoles del fútbol, odio a aquellos entrenadores que muestran la otra cara de la moneda: los que presionan a los niños tratándolos como si fueran profesionales enanos, con complicadas instrucciones tácticas, privilegiando el resultado deportivo por sobre la formación, que además, los someten a trabajos físicos que exceden por mucho sus reales necesidades y que redundan en graves riesgos para su salud. Lo mismo ocurre con las exigencias psicológicas: insisten en darles instrucciones tácticas a jugadores cuya estructura mental no está todavía en condiciones de interpretarlas.

Por eso, para ser llamado “Maestro”, se debe tener esa rara capacidad que aunque en algunos es innata, sí se puede pulir y mejorar permanentemente y que incluye una mezcla de ubicación y simpleza; criterio y sentido común; manejo y soltura; percepción y adecuadas habilidades comunicacionales y, sobretodo, carisma con los niños.


Esos, muchas veces seres anónimos, son los VERDADEROS MAESTROS DEL FUTBOL.

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